
En esta alegoría sobre el paraíso perdido, Ildze anhela encontrar la paz y la satisfacción al mudarse de la ciudad al campo. Sin embargo, su mente está consumida por la enfermedad de su hijo, su distanciamiento de su esposo y su ausencia. Mientras tanto, el dolor de Ildze se ve envuelto por la promesa de consuelo de la naturaleza, que nunca llega. Ella trata de entender dónde comienza el ciclo del sacrificio y dónde termina. Y quién es su víctima, o si es ella misma.
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