La desesperación del hombre lleva a muchos a creer en falsos dioses, impulsados por el miedo a la muerte y la búsqueda de soluciones fuera de los caminos divinos. El poder de atar el mal nos es concedido por Dios y debe ser buscado con sinceridad y rectitud. En la cúspide de las invasiones demoníacas, si el pueblo de Dios cree, ora y ejerce sus derechos y autoridad espirituales, entonces todas las formas de fuerzas del mal desaparecerán de sus vidas. La victoria siempre es para los justos.
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