
A finales de 2022, Francia se ve obligada a importar electricidad de sus vecinos europeos por primera vez en cuarenta años. Los franceses, que de repente ven cómo su factura se dispara, se quedan estupefactos al conocer los riesgos de cortes de suministro. Víctima de los fallos de un parque nuclear envejecido, de un desarrollo tímido de las energías renovables, de un mercado europeo mal diseñado y de múltiples errores políticos, EDF, joya industrial símbolo de la reconstrucción de posguerra y de los Trente Glorieuses, se encuentra desestabilizada. Simultáneamente se cuestionan la soberanía e independencia del país, el equilibrio económico de nuestras empresas y el poder adquisitivo de los franceses. De este shock nace una toma de conciencia colectiva: ¿cómo enfrentar en el futuro los grandes desafíos de una electricidad descarbonizada, abundante y barata?
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