
Warti, aún siendo adolescente, cargaba con un peso demasiado grande: ser madre, sostén de la familia y, al mismo tiempo, víctima en su propio hogar. Intentaba amamantar a su bebé, pero el estrés y la desnutrición se lo impedían. Mientras tanto, su esposo, Supri, se sumergía en el juego en línea y la violencia. Desde detrás de una pila de pestañas postizas que vendía para sobrevivir, Warti buscaba el valor para tomar una decisión: quedarse en el hogar tóxico o marcharse en busca de una vida mejor para ella y su bebé.
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