
David Kinsella, financiado por el Instituto Noruego de Cine, llegó a Corea del Norte dispuesto a rodar un documental sobre un joven poeta, gracias a la invitación del gobierno norcoreano. Sin embargo, pronto descubrió que todo lo que estaba grabando era ficción y no realidad, incluso el joven poeta. Cada día, el gobierno hacía venir a extras y montaba cada escena para crear esencialmente una película de propaganda para el país. Pero Kinsella no se dejó desanimar y decidió captar amplias extensiones de zonas industriales para luego alterarlas con animación y crear así una película asombrosa.
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